Añoranzas compartidas – José Fabio Saavedra Corredor #Columnista7días

sábado 5 de abril de 2025, 7:00 am

columna fabio jose saavedra

En ese amanecer Dulcelina avanzó con el paso a paso del que no tiene prisa, sabía que a su edad ya no llegaría tarde a ninguna parte, porque sentía que el atardecer de su peregrinaje ya lo llevaba metido en su cuerpo hasta los huesos. A esa hora el viento frío que bajaba de la serranía parecía divertirse alborotándole la blanca cabellera; ella iba pensando que a su edad estaba hecha solo de recuerdos, y mientras que el día se veía iluminado por un tibio sol mañanero, el que, a esa hora, iniciaba a treparse en el horizonte de Iguaque.

Dulcelina desde siempre había amado el verano, especialmente cuando podía perderse por el camino real, sin temor a la lluvia. En esos momentos acostumbraba a sacar a ventilar sus recuerdos, sentada bajo el centenario herrerón, curtido por las caricias del tiempo y el viento, con la corteza surcada por la lluvia y el sol de tantos inviernos y veranos, los que se habían desgranado en tantos almanaques Pielroja, colgados año tras año por su abuela Ernestina detrás de la puerta de la cocina, ahí mismito debajo de la cruz de mayo hecha con laurel que había sido bendito algún Viernes Santo, ahí fue cuando recordó la vez que la nona había echado a quemar al fogón hojas de la cruz de laurel, según ella, para espantar la tempestad y la tronadera, que tenía a la perra Laika gimoteando debajo de sus naguas.

Entre tanto ya se acercaba el mediodía y ella permanecía sentada en esa enorme raíz jorobada del herrerón, recargando su espalda cansada en el tronco, recordando al Nono Glicerio, cuando consultaba en el almanaque Bristol el día de la próxima luna llena, para prever la fecha del parto de la vaca pintada. Él siempre había creído a pie juntillas en lo que decía el almanaque Bristol, sostenía que aun más que en la Santa Biblia, o en los disparatados sermones que daba el curita Servilio, trepado en el púlpito en las misas de los domingos.

En ese momento se puso de pie y después de acariciar la joroba de la raíz, dejó que los dedos de su mano recorrieran las arrugas de la corteza del herrerón, mientras se deleitaba escarbando en su memoria los primeros amoríos juveniles, cuando bajo la luz de la luna su difunto esposo le había jurado amor eterno, y con la punta del  machete dibujado en la corteza los dos corazones, y hoy, ella con su mirada cansada buscó entre esas cicatrices el recuerdo de los momentos felices, que se habían quedado en alguna curva del sendero, engarzados en los aguzados aguijones de alguna espina.

Fue cuando la suave brisa de la memoria disipó la neblina y le trajo voces trémulas colgadas en el balcón de su ventana, en sentidas serenatas bajo las estrellas, entonces por sus mejillas rodaron lágrimas pletóricas de sentidas reminiscencias, estaba segura de que lo había dado todo y no se debía nada con la vida, y acercando sus labios marchitos a la corteza curtida del viejo árbol, depositó un beso en el muñón de la rama, donde se habían columpiado sus ilusiones de niña, y se volvió a oír su inocente risa de pequeña, impulsada por la mano del abuelo, al vacío del péndulo desconocido llamado futuro.

Entonces sonrió igual a una rosa en capullo y pensó para sí misma que su atardecer ya se presentía, mientras que el ocaso del camino se encendía para iluminar pronto pasos al mundo desconocido, donde la soledad y el silencio serían su única compañía para llegar un día a su inevitable destino: el olvido.

Así partió ese atardecer Dulcelina, rumbo a casa, luego de abrazarse largamente con su amigo leñoso y mudo, el único que siempre oyó en silencio sus quejas o arrulló sus sueños con la canción del viento, acariciando sus hojas, ahí también oyó el suave silbar de la mirla alimentado el gorjeo de sus pichones en el nido. 

La penumbra empezó a extender su manto sobre las cosas y las voces nocturnas acompañaron los pasos lentos de la mujer, bajo la luz de la luna. Esa noche durmió arrullada por el ulular del búho blanco en su ventana, el mismo que anidaba entre el follaje de su centenario amigo el herrerón, como si fuera un ritual de la naturaleza en su despedida. Ya en la madrugada, cuando los destellos del lucero matutino anunciaban la próxima alborada, entonces de la frente de la mujer dormida emergió una pequeña nube que siguió el vuelo del búho blanco rumbo a las estrellas, hasta que ambos se perdieron en el infinito.

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